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No es nada nuevo, Joaquín, que los más
diversos grupos de interés, empresas y representaciones de organizaciones
sindicales, campesinas, comerciales e industriales hagan gestiones en el
Congreso de la Unión.
Es
lo que se llama cabildear.
Pero se ha convertido en una mala palabra.
Puede serlo, por supuesto, como toda actividad humana puede servir para hacer
bien o para hacer mal.
Pero los senadores y diputados tienen la
obligación de escuchar las opiniones de los grupos de la sociedad, antes de
votar cualquier ley.
Y a
veces esos grupos de la sociedad contratan cabilderos para hacerse oír.
Ah,
claman los puros, los cabilderos corrompen, compran voluntades. Es posible,
Joaquín, pero los corruptores no van a desaparecer por un acto de magia.
Los
ingenuos dicen que el problema no existiría si hubiera reelección de
legisladores. Por favor, Joaquín, con la reelección no tendrían que andar los
cabilderos descubriendo un nuevo Congreso cada tres años. Todos serían viejos
conocidos.
¿No sería mejor reglamentar la actividad
de los cabilderos? Así habría reglas que ambos, cabilderos y legisladores
tendrían que respetar.
Los
legisladores, Joaquín, insisto, los diputados y senadores deben escuchar
opiniones sobre los diversos temas e iniciativas que hay que votar.
Y a
veces el único camino para que los ciudadanos sean escuchados es a través de
los cabilderos.
Cabildear
puede y debe ser una actividad honesta, necesaria en una democracia, pero
también, pienso, Joaquín, tiene que estar sujeta a reglas claras, y, por
supuesto a castigos muy drásticos para quienes violen esas reglas.
Lo demás, Joaquín, es cuento y demagogia.
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