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Las historias individuales suelen
describir a veces algunos aspectos de un desastre como el ocurrido en Cancún y
la Riviera Maya.
Hay una, rescatada del Diario de Yucatán,
Joaquín, en la que alguien cuenta como el responsable de una librería aprovechó
el paso del ojo del huracán para revisar el local.
Las vidrieras de la librería estaban
rotas, no por el viento, pues está en el interior de una plaza comercial, sino
por los vándalos. Se habían llevado ya muchos libros y una computadora.
Y el relato sigue con lo que decía el
responsable de la librería y algunos de sus empleados:
“...No se puede hacer nada, no es sólo la
gente, es la policía la que encabeza el saqueo y está incitando a la gente a
robar. Estoy viendo en este momento como se llena una camioneta de la policía
con material electrónico.”
Le
enviaron otros empleados a auxiliarlo, fue inútil. Le avisaron al propietario:
“...son más de 500 personas,
es terrible la impotencia que sentimos, son como mil saqueadores y la policía
los está apoyando...”
Se retiraron los empleados. Regresaron al
día siguiente para ver que rescataban. Nada se podía hacer. Ni los muebles
dejaron los saqueadores.
Es un caso aislado, dirán algunas
personas.
Posiblemente, Joaquín.
Pero, uno entiende porque los vecinos de
muchas colonias han decidido formar sus propios cuerpos de vigilancia.
¿Recuerdas, Joaquín, como nos escandalizaban
los saqueos de Nueva Orleáns?
Y nos decíamos, eso no ocurre aquí. Somos
distintos.
Ni tanto, descubrimos en los saqueos de
Cancún.
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