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Cuando hice un comentario sobre la
eutanasia en este tu espacio, Joaquín, sabía que es una opinión minoritaria.
Nunca creí que fuera tan minoritaria.
Es
evidente que según algunos no es una opinión de avanzada. Eso, al final de
cuentas, no debe preocuparnos tanto, porque las ideas avanzadas de hoy pasarán
de moda. El tiempo se encarga de eso.
Pero también lamenté en ese comentario que la
sociedad moderna viva en una cultura de muerte.
Al respecto leí un artículo en el
Washington Post que de alguna manera reforzó esa idea, y la quiero compartir
con tu auditorio.
La autora del artículo, una señora Bauer,
es la madre de una chica con síndrome de Down.
Hay gente que le pregunta por qué no se
hizo una prueba prenatal que le hubiera permitido tener un aborto y evitarse la
pena de tener una hija con síndrome de Down.
Es muy difícil juzgar, Joaquín, a las
mujeres embarazadas que se hacen una prueba prenatal y deciden tener un aborto
si al bebé se le detecta una deficiencia.
Pero es una paradoja que esa práctica ocurra
en una sociedad que exige respeto a las personas discapacitadas, a las personas
con alguna deficiencia física o mental.
La
autora del artículo, Joaquín, recuerda que en la Grecia antigua a los niños que
nacían con alguna deficiencia se les abandonaba en despoblado para que
murieran.
Y
se pregunta si esta sociedad tan moderna no hace lo mismo con las pruebas
prenatales.
Es
sólo una reflexión, Joaquín. Nada más una reflexión.
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