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Se acordará tu auditorio, Joaquín, de
aquella vieja historia del autor español Enrique Jardiel Poncela en la novela
“La tourné de Dios”.
Cuando Dios visita la tierra y un
periodista le pregunta: “Señor, ¿y el diablo?”
Y Dios le responde: “Ah, a ése ya lo dejé
por imposible”.
La historia vale, Joaquín, porque en el
PRI parece que es imposible que procesen ordenada, pacífica y civilizadamente
la selección de su candidato a la Presidencia.
Con trabajos lanzaron la convocatoria.
Inmediatamente la impugna Arturo Montiel Rojas. Y empieza la guerra de
declaraciones, que ahondará sólo la división.
Tal parece que los priístas, Joaquín, siguen
agobiados por la orfandad en que los dejó la falta de un Presidente de la
República que imponía el orden y la disciplina.
El poder presidencial mantenía la cohesión
del priísmo.
Muchos critican esa disciplina que imponía
el Presidente. Pero un partido político sin disciplina no tiene futuro.
Hasta ahora, Joaquín, parece que los
priístas sin el poder presidencial encima no pueden ser disciplinados.
Pero
esta lucha por la candidatura presidencial, con toda su carga de pasión, de
ambición y de mala fe, Joaquín, puede ser una lucha que deje tantas cicatrices
que, igual que hace cinco años, lleguen divididos a las elecciones
presidenciales.
Y
de nada le habrá servido al PRI contar con una formidable estructura.
Cegados por la ambición, desperdiciarán la
oportunidad de recuperar la Presidencia.
Esta nueva crisis del PRI, Joaquín, hasta
nos hace pensar que los políticos priístas tienen vocación suicida.
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