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Son tiempos, Joaquín, en que hasta la
memoria es selectiva.
Hace cuatro días se cumplieron cuarenta
años de que un grupo de jóvenes asaltó el cuartel de Madera, Chihuahua.
Intentaban tomarlo. Y murieron en el intento.
Aún ahora, Joaquín, creo que aquellos
jóvenes estaban equivocados. Pero cuando se es joven no es pecado equivocarse.
Los sesenta y los setenta fueron los años
del romanticismo del guevarismo. Fueron los años en que Fidel Castro se
esforzaba en convocar a los pueblos a levantarse en armas para derrocar a los
gobiernos e implantar el socialismo marxista.
Aquellos jóvenes, Joaquín, eran de
izquierda, creían en la utopía marxista. De sus muertes germinó lo que fue el
levantamiento armado de la liga 23 de septiembre.
Han sido olvidados, hasta por tantos
militantes de la liga 23 de septiembre, amnistiados por José López Portillo,
que han convertido en una industria la exigencia de castigo para quienes los
combatieron.
Nadie se acordó de aquellos que murieron
en la sierra de Chihuahua hace 40 años.
Insisto, Joaquín, aún creo que estaban
equivocados, pero me parece imperdonable que la izquierda mexicana no se haya
acordado de aquellos que murieron en Madera, Chihuahua, el 23 de septiembre de
1965, los precursores de lo que tanto idealizan.
Es
imperdonable que los medios y comunicadores de izquierda se hayan olvidado de
aquellos jóvenes, Joaquín.
Quizá porque la izquierda está deslumbrada
por la posibilidad de ganar la Presidencia en 2006.
Y hace cuatro días, por esa obsesión de
poder, Joaquín, hasta a sus muertos olvidaron.
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