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Esta mañana, Joaquín, se recordó el
terremoto que hace 20 años remeció a la ciudad de México.
Cada quien tiene sus memorias, cada quien
guarda sus imágenes.
Para mí permanece la imagen de la ciudad,
90 minutos después del terremoto, vista desde un helicóptero. Era como una
ciudad bombardeada, los edificios caídos del Centro Médico, de Tlaltelolco, los
edificios ladeados, los edificios hundidos de la Colonia Roma y la columna de
humo del incendio del destruido hotel Regis.
Permanece una imagen, Joaquín. En la
esquina de avenida Alvaro Obregón y Morelia, sobresalía casi medio metro un
retorcido riel de lo que fue la vía del tranvía.
Un
riel de hierro, retorcido en frío por la fuerza de naturaleza.
Sobre todo, Joaquín, permanece la imagen
del campo de béisbol del Parque del Seguro Social. Allí, aquella noche del 19
de septiembre de 1985 bajo la tenue iluminación del parque, Joaquín, se
alineaban cientos, miles, no sé cuántos muertos, que como todos los muertos,
sólo esperaban.
Permanece, además, Joaquín, aquel olor a
muerte en la Colonia Roma. Olor a muerte, olor de muerto que emanaba de los
escombros.
A 20 años, llega el olvido, Joaquín, pues
sin la capacidad de olvido los seres humanos enloqueceríamos.
O sin la capacidad de reírnos de aquel
hombre que aprovechó el temblor para desaparecer. Apareció en 1987 por allá en
Baja California. Se había casado otra vez, mientras su presunta viuda le
llevaba flores a la fosa común.
Imágenes del 85, Joaquín, para llorar,
pero también para reír.
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