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¡Qué difícil tarea la que tuviste anoche, Joaquín!
¡Qué difícil que los precandidatos panistas se abrieran a una
discusión de propuestas y a algo que fuera un debate más auténtico!
El formato acordado por el Comité Ejecutivo Nacional del PAN
fue diseñado para que no hubiera debate, para que ningún precandidato
cuestionara al otro. Intentaron reeditar el formato al cual se sujetan los candidatos
en Estados Unidos.
Pero lo copiaron mal, porque allá, Joaquín, allá los debates
son una real confrontación de proyectos.
De alguna manera, a pesar de los esfuerzos por hacer aparecer
que en el PAN practican aquello de amaos los unos a los otros, hasta con los
adversarios, uno se queda con algunas impresiones.
Felipe Calderón pareció muy ansioso, como conteniendo el
temperamento, aunque fue quien presentó propuestas más concretas, menos vagas.
Santiago Creel intentó ser sereno, calmado, intentando
convencer a los electores panistas que el debate era un trámite, porque él ya
ganó, mientras se inventaba un pasado panista que no tiene.
Alberto Cárdenas se presentó al público, sus constantes
referencias a Jalisco no eran tanto para demostrar que tiene experiencia, como
intentar qué la gente supiera quién es.
Insisto, Joaquín, si el formato no hubiera sido tan rígido, si
te hubieran dejado hacer las preguntas cómo tu sabes hacerlo, quizá hubiéramos
descubierto bien a bien de qué pasta están hechos los precandidatos del PAN.
Porque anoche, la verdad, nos quedamos con muchas dudas.
Sobre todo, Joaquín, con la duda de sí alguno de ellos sería
un buen Presidente de México.
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