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En algún lado, Joaquín, leí una historia acerca de cómo los
jefes de gobierno y de Estado necesitan que sus colaboradores les digan la
verdad.
Decía la historia que en 1954, cuando el Presidente de Estados
Unidos era el general Dwight Eisenhower, salió de la oficina oval uno de sus
asesores felicitándose a sí mismo porque le había dicho al Presidente lo que
quería oír.
El consejero de seguridad nacional escuchó el comentario del
asesor y muy indignado le ordenó entrar otra vez a la oficina oval y decirle la
verdad al Presidente, aunque fuera muy desagradable.
La práctica de no decirles la verdad a los jefes es común,
Joaquín, hasta en el sector privado. Pero es más peligrosa cuando existe en las
altas esferas del gobierno.
¿Cuántos Presidentes de la República se habrían ahorrado
decisiones equivocadas a partir de las informaciones agradables que les
llevaron sus colaboradores?
¿Cuántas crisis se habrían evitado si en determinado momento
alguno de los colaboradores más cercanos de los Presidentes les hubieran dicho
la verdad?
Si los colaboradores de un Presidente de la República le
tienen aprecio a su jefe, si lo respetan y desean que le vaya bien, a él y al
país, están obligados a decirle la verdad en todas las situaciones, sin
importar cuán desagradable sea la verdad.
Porque no hay Presidente de la República que pueda darse el
lujo de que sus colaboradores le mientan.
Si lo permite, Joaquín,
si permite que le mientan, ese hombre no mereció nunca llegar a la Presidencia.
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