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A juzgar por las noticias que surgen del desastre provocado
por el huracán Katrina en la costa norteamericana del Golfo de México,
especialmente la catastrófica inundación sufrida por la ciudad de Nueva
Orleans, cada día es más evidente que la reacción del gobierno federal de
Estados Unidos fue más que lenta.
Y las mismas noticias nos revelan, Joaquín, disputas por el
control de las tareas de auxilio y por qué era responsabilidad de quién, en
suma, una enorme confusión burocrática en el burocrático Washington hizo más
lenta la reacción oficial.
Quizá todo pareció una feria de confusiones porque fue un
desastre natural.
Aquí, en México, sin contar con los vastos recursos
materiales, económicos y humanos de Estados Unidos, las experiencias de varios
desastres han permitido que se afine el plan de asistencia de desastres que
maneja el Ejército.
Cuando se pone en marcha el DN-III, Joaquín, llegan a la zona
de desastre tantos soldados como hagan falta, según la magnitud del desastre.
Llegan a auxiliar en el rescate de la población, llegan a
preparar alimentos y a repartirlos entre los damnificados. Y llegan las
brigadas médicas que atienden a los heridos o a los enfermos. Y con ellos, con
los militares, Joaquín, se coordinan los cuerpos de protección civil.
A base de experiencias, en México el plan de emergencia
DN-III, permite una cadena de mando, una cadena de mando que impide confusiones,
como solo pueden hacerlo los militares con su estricto orden y estricta
disciplina.
Y, al menos, aquí en México, con nuestros modestos recursos,
no dejamos abandonados a su suerte a tantos miles de damnificados.
¿No sería bueno que le pasaran la receta del DN-III a
Washington?
Sería la mejor prueba de nuestra solidaridad.
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