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Ayer hubo dos reuniones priístas, Joaquín. Ambas tenían el
propósito de desatascar las negociaciones que le permitan al PRI, primero,
decidir quién será su dirigente nacional. Y segundo, Joaquín, cuándo convocan a
la elección interna para que Madrazo y Montiel puedan competir con algo más que
declaraciones tonantes.
Inútiles las dos reuniones. El PRI sigue atascado en un
conflicto que sólo muestra la desolación de la orfandad en que los dejó la
falta de un Presidente de la República que era juez y árbitro de los conflictos
internos.
El Presidente de la República, líder natural del partido, como
en todos los países, tenía el poder de castigar y premiar. Así que en el PRI se
mantenía la unidad.
Ahora, sin nadie que tenga el poder de premiarlos y
castigarlos, los priístas han perdido su capacidad de negociar.
Demuestran una patética incapacidad para resolver
inteligentemente sus conflictos, y para procesar la designación de su dirigente
nacional y de su candidato presidencial.
Las ambiciones presidenciales y las ambiciones de poder de los
tres principales actores políticos del PRI: Arturo Montiel, Roberto Madrazo y
Elba Esther Gordillo, son la expresión de la lucha de los respectivos grupos.
Unos quieren el poder, la otra quiere el control político.
Y llevan al PRI camino a la fractura, lo que significaría su
dispersión.
La orfandad, Joaquín, prueba el temple y el carácter de las
personas.
Y, por lo que se ve, los priístas están a punto de no pasar
esa prueba.
Cosas de quedarse
huérfanos, Joaquín.
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