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Nuestro sistema presidencial, como el de muchos países,
Joaquín, tuvo su origen en el sistema presidencial que implantaron los Estados
Unidos apenas ganaron su independencia.
Aún en Estados Unidos la institución presidencial ha sido
criticada porque algunos la ven como una figura imperial.
Aquí, en México, la figura presidencial ha sido vista como
todopoderosa. Hasta algunos Presidentes han llegado a creer que en verdad son
todopoderosos.
Y son muchos los que de verdad han llegado a creer que durante
el siglo pasado en México no se movía una hoja sin la voluntad del Presidente
de la República.
El poder de un Presidente siempre ha sido menor a los retos de
gobernar.
La realidad, Joaquín, es que el poder presidencial depende de
la capacidad política del Presidente. Su influencia depende de su capacidad
para persuadir.
Un Presidente tiene que convencer a la burocracia, al
Congreso, a su partido y a la mayoría de los ciudadanos que sus propuestas de
gobierno son convenientes para sus intereses.
A quince días del Quinto Informe de Gobierno, Joaquín, desde
Los Pinos se refleja una cierta frustración. Frustración por descubrir que la
Presidencia no es todopoderosa.
No elegimos a un rey o a un dictador. Claro que no, Joaquín,
quisimos elegir a un político, a un político que con su habilidad para
convencer conduzca a la Nación. Pero sobre todo, Joaquín, a un político que
sepa a donde quiere conducir a la Nación.
Porque ya lo dijo Séneca: para la nave sin rumbo no hay viento
favorable.
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