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Uno de los buenos recuerdos de mi niñez, Joaquín, es la
lectura del Pepín, aquella revista cómica que incluía las aventuras de Memín
Pinguín y sus amigos, divertidas lecciones de convivencia y solidaridad.
A mí, y a tantos que las leímos, nos parece que el homenaje
que le rinde al personaje de Memín Pinguín el gobierno mexicano con la emisión
de un timbre postal es apropiado.
Los demagogos de la comunidad afroamericana critican la
emisión de ese timbre postal. Los diarios norteamericanos, siempre listos para
ver la paja en el ojo ajeno,
critican, hasta el vocero de la Casa Blanca reclama. Reclaman los que,
apenas hace unas semanas, aprobaron una ley federal que castiga los
linchamientos.
Es pura demagogia, aunque se trate de la Casa Blanca, Joaquín.
Como dicen los muchachos, que no manchen.
Demagogia porque hablan de lo que no entienden, de lo que
nunca conocieron.
No faltan, claro, los mexicanos devotos del escándalo que
utilizan el timbre postal para practicar su deporte favorito: pegarle al
gobierno de Fox.
Memín Pinguín era una caricatura inocente, personaje
simpático, hasta ingenuo para la época actual.
Insisto, es apropiado el homenaje al personaje y a sus
creadores. Y es patético que tantos aquí en México repitamos las tonterías que
se dicen en Estados Unidos.
Quienes leímos la historieta, Joaquín, nos decimos: que gusto
que le hubiera dado a Ma linda que su pedazo de chocolate Memín, haya llegado a
ser tema de un briefing de prensa en la Casa Blanca.
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