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La reunión del Consejo Político del PRI celebrada ayer fue una
fiesta.
Claro, una fiesta para Roberto Madrazo, porque todo el
escenario estuvo montado para que allí fuera el verdadero despegue de su
candidatura presidencial.
Arrebatársela, francamente, Joaquín, está en chino.
A pesar del jolgorio de ayer, hay nubarrones en el horizonte.
Allí está, por ejemplo, el forcejeo con la profesora Elba
Esther Gordillo. Que se va, que no. Su salida significaría la pérdida de casi
medio millón de activistas en la campaña presidencial.
Luego, todas las posiciones en el Comité Ejecutivo Nacional se
las llevó Madrazo. Como en aquella Asamblea en que Jorge de la Vega Domínguez
abrió las puertas para la salida de Muños Ledo y Cuauhtémoc Cárdenas.
Ayer presumían tener ya en el bolsillo 12 millones y medio de
votos. Cuidado, porque en enero de 2000 todas las encuestas mostraban al PRI
con 48 por ciento de preferencia. Y perdieron las elecciones presidenciales.
La euforia de ayer les ha hecho perder de vista que las
siguientes semanas serán las más difíciles de su existencia, porque
precisamente estará en juego la supervivencia del PRI como el partido con más
presencia en la República.
Si ganan las ambiciones y los desplantes de soberbia les hacen
perder la unidad, no regresarán a Los Pinos.
Probarían su inmadurez y que no son nada sin la autoridad de
un Presidente de la República que ponga orden.
Es su última oportunidad para impedir una derrota en 2006, la
consiguiente dispersión y luego la gradual desaparición del partido.
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