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“México sigue estando amenazado por la violencia relacionada
con los narcóticos, la cual continúa y es mortal a lo largo de la frontera. Los
cárteles de la droga y la violencia que han traído a la región están destruyendo
el entramado económico y social de nuestras comunidades”.
Estas son palabras duras, Joaquín, pero realistas.
Y bien pudieron ser dichas por algún gobernador, por el
Secretario de Seguridad Pública Federal Ramón Martín Huerta, o quizá hasta por
el mismo Presidente de la República, como parte de una convocatoria a combatir
a los cárteles de la droga en todas sus manifestaciones.
Pero no, Joaquín, fueron palabras que pronunció en la ciudad
de Monterrey, hace siete días, el embajador de Estados Unidos Tony Garza.
Eso, Joaquín, es muy lamentable, porque somos nosotros los
mexicanos los que padecemos la creciente agresividad de los criminales de los
narcotraficantes y, sobre todo, Joaquín, por el diario y constante
desgarramiento del tejido de la sociedad mexicana.
Cuando uno se entera de las fugas, de los secuestros de
periodistas, del asesinato de abogados, de policías, de ciudadanos comunes, uno
recuerda, Joaquín, aquella advertencia de Carpizo: “si no hacemos algo
drástico, en pocos años estaremos como Colombia”.
Allá, como aquí, empezaron con ejecuciones entre los narcos,
siguieron con ejecuciones de funcionarios locales, hasta que llegaron al
asesinato de candidatos presidenciales.
Al menos los colombianos, su sociedad y sus gobiernos
reconocieron que tenían un problema.
Nosotros ni eso, Joaquín, ni siquiera eso queremos hacer.
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