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En el México del siglo pasado, el México autoritario según
los especialistas de las ciencias políticas, los Presidentes de la República
apenas rendían su cuarto informe de gobierno y empezaban a preparar al gobierno
y a la República para que las campañas, las elecciones y la transmisión del
poder fuera pacífica y ordenada.
Aquellos Presidentes de la República consideraban que esa era
una responsabilidad mayor, para darle tranquilidad a la Nación.
Y dedicaban los últimos 24 meses de su gobierno a esa tarea.
Ahora, cuando estamos a 18 meses de las elecciones
presidenciales, cuando las condiciones de la competencia electoral son tan
distintas, quizá hasta más difíciles que en el siglo pasado, el que las
elecciones y la transmisión del poder sean pacíficas y ordenadas es una
responsabilidad que están obligados a compartir todos los políticos y todos los
partidos.
Ha dicho Andrés Manuel López Obrador que la transmisión del
poder debe ser sin sobresaltos, pero lo ha dicho como si sólo fuera
responsabilidad del Presidente Fox.
Y no es así, Joaquín. Cierto, el Presidente Fox está obligado
a crear las condiciones para una sucesión pacífica y ordenada.
Pero en esta recién descubierta democracia, los partidos y los
políticos no pueden eludir su responsabilidad, porque son ellos los de los
discursos violentos, quienes promueven el rencor y el odio a los adversarios.
Si esta sucesión no fuera pacífica y ordenada, los culpables
serán ellos, los políticos y los partidos. Nadie más, Joaquín, nadie más.
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