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Hace ya casi 20 años, Joaquín, le dijo el Presidente José
López Portillo al ingeniero Jorge Díaz Serrano: “nos equivocamos, Jorge”.
“No, señor Presidente, -le respondió Díaz Serrano, el
Presidente de México no se equivoca”. Y Díaz Serrano renunció a la dirección
general de Pemex.
De alguna manera, el general Rafael Macedo de la Concha tuvo
esa misma dignidad, luego de haberle servido, y servido bien, al gobierno del
Presidente Fox.
Hoy lucía contento Andrés Manuel López Obrador. Claro, le
dieron la cabeza del Procurador General de la República y revisarán su caso
para darle una salida política al enredo político y jurídico que empezó a
construir hace un año el gobierno del Presidente Fox.
Ahora, nos dicen, lo importante no es la legalidad, sino la
tranquilidad de las elecciones de 2006.
Quizá tengan razón, Joaquín, y la tranquilidad bien vale que
el Presidente Fox llegue desarmado al diálogo de la semana próxima con Andrés
Manuel López Obrador, y digno desarmado, Joaquín, porque ya cedió todo.
No hay perdedores, presumen algunos miembros del gabinete.
Claro, porque ellos se escudan en la figura del Presidente Fox. Es el
Presidente quien ha dado la cara.
Son los mismos que embarcaron al Presidente Fox en la
aventura de la confrontación y el desafuero. Son los aprendices de brujo que se
asustaron por las fuerzas desatadas por su incompetencia.
Ahora sí, nos dicen, habrá certidumbre para las elecciones de
2006.
¡Qué bueno, Joaquín! Aunque para tener ese clima se haya
deteriorado irreparablemente la imagen del Presidente de México.
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