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En las semanas recientes, han sido asesinados varios
periodistas y uno está desaparecido. En todos los casos su actividad
profesional consistía en reportar las actividades de la delincuencia
organizada.
Hemos alcanzado la etapa que ha vivido Colombia, la etapa en
la cual los capos de la delincuencia silencian las voces de la prensa mediante
el asesinato, el secuestro o el amedrentamiento.
Las autoridades, federales y estatales, como siempre, anuncian
que se investigará hasta las últimas consecuencias, pero casi nunca obtienen
resultados, casi nunca consignan a los culpables.
La delincuencia organizada, Joaquín, es un cáncer que corroe
cada vez más a la sociedad mexicana. Para operar las bandas criminales
necesitan operar lejos de la atención pública, la atención pública que les
atraen las informaciones periodísticas.
Pero también para operar gozan de la protección de muchos
malos funcionarios y muchos malos policías. Es la peor complicidad, la que se
da entre los criminales y aquellos que se supone deben combatirlos. Por eso
actúan con impunidad.
Y por eso quedan impunes las agresiones a periodistas. Total,
son parte de la nota roja. Y, al final de cuentas, para muchos los periodistas
son incómodos.
Y nadie piensa que esto puede apenas estar empezando.
Pero como la vieja historia de la Segunda Guerra Mundial, ¿la
recuerdas, Joaquín?
Vinieron por el judío y nadie dijo nada, vinieron por los
gitanos y nadie dijo nada, vinieron por los cristianos y nadie dijo nada, y cuando
vinieron por mí, nadie dijo nada.
Hoy, son los periodistas los agredidos, mañana, ¿quiénes
seguirán?
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