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Durante 25 años de pontificado, Joaquín, el Papa Juan Pablo II
fue al mundo.
Hoy, durante su funeral, el mundo vino a despedirlo.
Fue una gran cumbre mundial, donde tantos y tan encarnizados
adversarios líderes se reunieron en esa despedida.
Ahora la Iglesia Católica no tiene pastor. La sede de Pedro el
Pescador está vacante.
Desde hoy arreciarán las especulaciones sobre cómo y quién
será quien calce las sandalias del pescador.
Humanos, al fin, los cardenales dialogarán, cabildearán,
intentarán conciliar tan diversos puntos de vista sobre qué pastor necesita la
Iglesia cuando menos para la siguiente década.
Humanas discusiones, Joaquín.
Los católicos, hasta los católicos estándar como yo, creemos
que al final de las discusiones el Espíritu Santo iluminará a los Cardenales
que asistirán al Cónclave.
Los no creyentes, claro, suelen reírse de esa creencia de que
el Espíritu Santo ilumina a los conclavistas.
A ellos, Joaquín, simplemente les digo: si no fuera, así,
¿cómo explican que, a pesar de sus flaquezas humanas, de sus fallas, Iglesia
Católica haya sobrevivido dos milenios?
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