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En su historia del siglo 20, el escritor británico Paul
Johnson cuenta que a principios del siglo pasado ninguna de las potencias
europeas quería ir a la guerra, pero los discursos y los acontecimientos los
llevaron a la Primera Guerra Mundial.
Así, las acciones, los discursos y la inercia judicial han
llevado al juicio de desafuero de Andrés Manuel López Obrador en la Cámara de
Diputados.
Y estamos más cerca que nunca de que el jefe de gobierno del
Distrito Federal sea consignado, eventualmente aprehendido y hasta encarcelado.
Desde que reventó el caso El encino ha prevalecido una especie
de terquedad, una cierta obcecación. No se ha dejado espacio para una solución
razonable.
El fallo que emitan los diputados será, por supuesto, un fallo
político, porque pese a los alegatos oficiales, el procedimiento del desafuero
es un procedimiento político, un procedimiento que se desarrolla en un
escenario político, como lo es la Cámara de Diputados.
Tanto el gobierno federal como el gobierno de la ciudad deben
precaverse, deben evitar que la situación se torne violenta.
El gobierno federal tiene que contener su tendencia a la
provocación. Y el PRD y el gobierno de la ciudad tienen que eludir las
provocaciones.
Tristemente muchos en el gobierno federal, en el gobierno de
la ciudad y en el PRD andan excesivamente nerviosos. Y empiezan a contagiar a
la sociedad.
Cuando uno está muy nervioso comete errores.
Pero a nadie parece importarle que esos errores los pague la
población, los ciudadanos de a pie, tan ajenos a este obcecado pleito.
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