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Hace varios años, Joaquín, en Beijing, en la reunión de
Mujeres convocada por la ONU, una representante de la India reclamó a las
mujeres de Occidente que fijaran la agenda de las mujeres de todo el mundo.
A ustedes, las mujeres de los países de Occidente les interesa
el derecho al aborto y un mayor rol en la política, pero a nosotras, las
mujeres del Tercer Mundo nos interesa la supervivencia.
Dilema entre dos visiones que, claro, no se resolvió en
Beijing.
Ahora que está vacante la sede de San pedro, Joaquín, y que la
Iglesia debe escoger al sucesor de Juan Pablo II, no puede la Iglesia ceñirse,
como tantos insisten en los medios,
al concepto de modernidad social o de moda cultural que se dicta en las
naciones occidentales.
Una Iglesia universal como la Católica tiene que decidir
cuáles son las prioridades de la mayoría de sus fieles.
Juan Pablo II confrontó las dos grandes aberraciones del siglo
20: el nazismo que decía, nosotros, unos pocos, somos mejores que todos los demás.
Y la aberración del marxismo que decía, nosotros, unos pocos, sabemos más que
todos.
Ahora el mundo está amenazado por la brutal desigualdad, que
degrada a la persona y la convierte en una estadística, en simple mano de obra
o consumidora, en un producto desechable.
Ahora, como hace un cuarto de siglo, en medio de humanas
negociaciones, el Espíritu Santo escogerá a quien calce las sandalias del
Pescador y predique a favor de la justicia, aunque la justicia sea, al final de
cuentas la virtud más impopular.
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