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Esta mañana murió la señora Terri Schindler-Schiavo.
Su muerte pone fin a un penoso litigio entre sus padres y su
esposo.
Ese litigio de casi una década fue lo que llevó al poder
judicial de Estados Unidos a intervenir en el caso.
Y, como se decía en este tu espacio, Joaquín, el Estado
sentenció a la señora Terri Schindler-Schiavo a morir de hambre y de sed.
Esa tendencia se asienta, Joaquín, porque en la sociedad
moderna nadie quiere tener incomodidades ni responsabilidades morales. Se elude
cualquier carga moral dejando que el Estado decida..
Se evitan angustias. Un juez decidió, no yo.
Y los fallos de los tribunales, Joaquín, convierten la
decisión sobre la vida y la muerte en algo impersonal. Porque muchas veces se
basan más en factores de costo beneficio que en el aprecio a una vida humana.
Cuando se ha vivido la terrible situación de ver extinguirse
lenta e irremediablemente la vida de un ser amado, llega el momento de
resignarse a abrirle las puertas de la eternidad, a dejarlo ir.
Pero tiene que ser una decisión íntima, personal, familiar, no
decisión del Estado. Una decisión así deja un agobiante peso moral que para
siempre planteará interrogantes. Uno lleva para siempre el peso moral de esa
decisión.
Eso no tiene nada que ver con la eutanasia, eutanasia es
condenar a una persona morir de hambre y sed, en países donde se castiga a
quien deja morir de hambre y sed a su mascota.
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