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La supervivencia de la señora Terri Schindler-Schiavo ha
atraído la atención por la disputa legal entre sus padres y su esposo. Terri
padece de un daño cerebral que parece irreparable.
En el caso ya intervino hasta el gobierno federal de Estados
Unidos.
Recientemente, en Houston, el juez William Maculloch falló
para desconectar el oxígeno a un bebé con un padecimiento que le impediría
respirar adecuadamente toda su vida. Lo hizo contra la voluntad de los padres
del bebé.
El Estado como juez implacable que decide quién vive y quién
muere.
Desconectada como está, la señora Terri Schindler-Schiavo
puede morir en unas dos semanas. Pero su vida se extinguirá por falta de agua y
alimentos. Vamos, morirá de hambre y sed. De hambre y sed, Enrique, como ocurre
en esas naciones donde la eutanasia es legal, pero aberrantemente se castiga a
quien deja morir de hambre y sed a una mascota, a un perro o a un gato.
Otra cosa, muy distinta, es cuando se vive la terrible
situación de ver extinguirse lenta e irremediablemente la vida de un ser amado.
Y más terrible aún decidir cuándo nos debemos rendir y abrirle las puertas de
la eternidad.
Es una decisión íntima, personal, agobiante, un peso moral que
nunca dejará de plantear interrogantes. Un peso moral que uno lleva para
siempre.
Pero eso no tiene nada que ver con la eutanasia.
La eutanasia es sólo una expresión de la cultura de la muerte
que como perverso cáncer corroe las bases de nuestra sociedad moderna.
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