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La democracia, nos dicen, abre los espacios para que la
elección del Presidente de la República sea una contienda ejemplar.
Tenemos las reglas y las leyes para asegurarnos que la
elección del próximo Presidente sea un proceso ordenado y pacífico, como hace
seis años.
Pero a 15 meses dos semanas de las elecciones del 6 de julio
de 2006, tal parece que los actores políticos están dispuestos a romper con
esas reglas.
Son reglas que han costado mucho trabajo y mucho dinero. Costó
mucho disponer de un padrón confiable de los votantes. Costó y cuesta mucho
tener dos organismos que son los árbitros probadamente imparciales de las
elecciones.
Gracias a ese trabajo, esfuerzo y dinero invertido tenemos
elecciones razonablemente limpias.
Pero recientemente parece que los políticos y los partidos
están dispuestos a atacar a los organismos que nos garantizan las elecciones
confiables.
Los diputados de todos los partidos atacan al IFE por no
avalar el mamotreto que inventaron dizque para darle el voto a los mexicanos en
el extranjero.
Y ahora los panistas atacan al Tribunal Federal Electoral,
porque no los favoreció en sus dictámenes sobre tres elecciones de gobernador.
Todos los partidos parecen dispuestos a reventar a los dos
organismos encargados de garantizar la limpieza de las elecciones.
Y así, Joaquín, los políticos y los partidos con su
irresponsabilidad empiezan a crear las condiciones para que el proceso de la
campaña y la elección presidencial pueda volverse violento.
Ya sólo falta que ahora nos digan que también la violencia
electoral es democrática.
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