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En las horas eufóricas del triunfo electoral del 2 de julio de
2000, hubo voces panistas que hicieron una sobria advertencia:
“...No vayamos a ganar el poder y perdamos al partido”.
No niegan los panistas, por supuesto, que Vicente Fox fue el
hombre providencial que sacó al PRI de Los Pinos, pero también ha mantenido al
PAN durante poco más de cuatro años de conservar su identidad.
Como sea, se ha cumplido lo que muchos pronosticaban. Todos
los aciertos de este sexenio se los atribuyen al Presidente Fox. Y al PAN se le
atribuyen los errores.
Y han sido los panistas quienes han tenido que soportar las
vergüenzas de los Amigos de Fox, escándalos como el toallagate, tonterías como
las de Estrada Cajigal en Morelos o las de Patrón Laviada en Yucatán.
No se trata de pasar por inocente ante las realidades de la
política, y aunque no sea políticamente correcto hablar bien de los panistas,
lo cierto es que el panismo ha sido fundamentalmente un partido de principios.
Y la filosofía del poder por el poder mismo no encaja con esos
principios.
No es un relevo generacional, como dice Espino, es algo más,
Joaquín.
Una consecuencia del desgaste del poder, claro, pero también
el mal sabor que deja el crudo pragmatismo de querer ganar a como de lugar.
Esa, pienso, es la causa de esta incipiente crisis panista.
Y hace válida otra frase de un distinguido panista, también
pronunciada en julio de 2000:
“...No nos vaya a derrotar la victoria”...
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