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Hoy, Joaquín, es el día internacional de la mujer. Un día que,
como has dicho, Joaquín, debiera celebrarse todo el año, no sólo un día.
Mujeres, esa extraña hermandad descrita por la escritora
chilena Marcela Serrano.
Una hermandad a la que pertenecen las mujeres que compiten en
el trabajo. Mujeres que tienen que trabajar el doble que los hombres, para
recibir la mitad del reconocimiento que reciben los varones. Pero a la que
pertenecen las que se quedaron en casa, a organizarla, a criar y, sobre todo, a
educar a los hijos y a trabajar más que muchas ejecutivas.
Como se dice, hay que quererlas no entenderlas, por eso para
hablar de ellas recurro otra vez a Marcela Serrano, quien en su novela Antigua
Vida Mía describe lo que es la mujer:
Una mujer es la historia de sus actos y pensamientos, de sus
células y neuronas, de sus heridas y entusiasmos, de sus amores y desamores.
Una mujer es inevitablemente la historia de su vientre, de las
semillas que en él fecundaron, o no lo hicieron, o dejaron de hacerlo, y del
momento aquel, el único en que se es diosa.
Una mujer es la historia de lo pequeño, de lo trivial, lo
cotidiano, la suma de lo callado.
Una mujer es siempre la historia de muchos hombres.
Una mujer es la historia de su pueblo y de su raza.
Y es la historia de sus raíces, de su origen, de cada mujer
que fue alimentada por la anterior para que ella naciera. Una mujer es la
historia de su sangre.
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