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Ayer, Joaquín, la inteligente escritora Soledad Loaeza
preguntaba en un artículo publicado en La Jornada si el hecho de la
participación en las elecciones en México mejorará la vida de los mexicanos
emigrantes, los que viven en Estados Unidos.
Y advertía que el votar allá en territorio norteamericano para
la elección presidencial en México podría ser un factor adicional para la
discriminación y obstáculo para incorporarse a la sociedad en la que han
decidido vivir.
Pienso, Joaquín, que tenía razón. Más cuando leí lo ocurrido
en un poblado llamado Líbano, en el Estado de Tennessee.
En esa población un juez cuyo nombre es Barry Tatum, falló
contra una migrante oaxaqueña por no vacunar a su bebé y no ir a la clínica. La
condenó a aprender inglés y a usar métodos de control de la natalidad.
Ese mismo Juez, en esa misma población de Líbano, que tiene 20
mil habitantes, hace seis meses le dio plazo de seis meses a una migrante
mexicana para hablar inglés.
Si para el próximo marzo esta mexicana no habla inglés
equivalente al de un alumno de cuarto grado, el juez sentenció que perderá la
patria potestad sobre su hija: La corte le informa a la madre que corre el
riesgo de perder todo contacto, legal, moral y físico con su hija por el resto
de su vida.
Apenas dos ejemplos de la difícil vida de los emigrantes
mexicanos, Joaquín.
A esas dos mexicanas de nada les servirá poder votar en las
elecciones de México.
Y me pregunto, no habrá cerca de Tennessee algún consulado. No
leerán los periódicos en ese consulado.
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