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A finales del sexenio de Miguel de la Madrid, se tomó la
decisión de construir cinco penales de alta seguridad.
Para su construcción se tomaron como modelo las cárceles de
alta seguridad de Europa, como las de Inglaterra, donde son recluidos los terroristas
del IRA.
En 1989, el gobierno salinista decidió solamente tres. Los
estándares con que se construyeron fueron otros, pero no por ello menos
rigurosos para los reclusos.
No obstante, sucesivas campañas de organizaciones de derechos
humanos consiguieron que al paso del tiempo las reglas fueran relajadas. Una de
las fallas más importantes fue permitir la convivencia de los reclusos.
Ahora, Joaquín, como te dijo el director de los penales
federales Carlos Tornero, el sistema penitenciario federal está rebasado por la
delincuencia.
Y, como en tantos otros penales de la República, en las
cárceles de alta seguridad mandan los capos del narcotráfico.
Eso, Joaquín, debería asustarnos, porque se empieza a cumplir
la profecía de Jorge Carpizo. Una torpe e ingenua interpretación de los
derechos humanos nos ha impedido hacer algo drástico contra los capos y ahora
estamos peligrosamente cerca de enfrentar una situación como la que enfrentó
Colombia en los años noventa.
Las disputas políticas serán irrelevantes, Joaquín, si no
hacemos nada contra la violencia criminal de los capos del narcotráfico.
Por ahora, como sostiene Jesús Blancornelas, Osiel Cárdenas
controla el penal de alta seguridad de La Palma.
Si no hacemos nada, ¿qué más controlará el poder corruptor de
los capos, Joaquín?
¿Qué más? ¿El poder político?
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