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Hace ya varios años, se hacían obras de repavimentación y
mantenimiento en una de las autopistas que llegan al Distrito Federal.
El funcionario encargado de las autopistas convocó a los
ingenieros encargados para revisar el avance de la obra. Los ingenieros
informaron que las obras avanzaban muy bien, tan bien que le dijeron que en 30
días estarían terminadas y se podrían inaugurar.
Señores, tengan en cuenta que el día de la inauguración
haremos un recorrido por la carretera acompañados de la prensa. Asegúrense que
la fecha de terminación que me dicen sea la correcta.
Claro que sí, dentro de 30 días la carretera lucirá como
nueva.
Terminada la reunión, el jefe de prensa le dijo al funcionario
si empezaba a preparar las invitaciones para la inauguración. No lo haga, le
respondió aquel funcionario, no lo haga, porque suele haber contratiempos y
casi nunca cumplen los plazos de entrega.
No se hizo ningún anuncio oficial de aquellas obras hasta que
el funcionario las recorrió y comprobó por sí mismo que estaban totalmente
terminadas. La inauguración se hizo dos meses después del plazo optimista que
habían fijado los ingenieros.
El problema que tiene el jefe del gobierno del Distrito
Federal es que él si le creyó a sus ingenieros y él sí anunció públicamente la
fecha de inauguración de las obras del segundo piso del periférico.
Por eso hay que ser pesimista, por aquello de que el pesimista
no es sino un optimista bien informado.
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