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Ayer, Joaquín, se pospuso en el Senado la posibilidad de
elaborar un dictamen sobre un proyecto de ley de radio y televisión.
Muchos de los que habían firmado el proyecto retiraron su
apoyo al proyecto que impulsan los panistas Javier Corral y Felipe de Jesús
Villavicencio, además del priísta Manuel Bartlett y el perredista Raymundo
Cárdenas.
Los propósitos de ese proyecto parecen muy loables, aunque en
esencia sea el mismo proyecto que hace 10 años impulsan diversos grupos
sociales.
Proponían en realidad la pulverización de la propiedad de las
concesiones, en un mundo marcado por la tendencia a la concentración de medios,
en un mundo donde se forman gigantescos consorcios de la comunicación.
La atomización de la propiedad de los medios mexicanos,
Joaquín, los dejaría vulnerables para ser adquiridos por alguno de esos grandes
consorcios.
El otro argumento de los defensores del proyecto es que en la
situación actual los periodistas no pueden ejercer su oficio con integridad.
Eso no es cierto, Joaquín, la integridad es un dilema que cada
periodista tiene que resolver personalmente.
Y el peor enemigo del periodismo en una democracia, Joaquín,
es la mentalidad de manada que impulsa a muchos a publicar o a decir sólo lo
que es políticamente correcto.
El proyecto se estancó, y bien estancado, Joaquín, porque de
la concentración de la propiedad de los medios se proponía pasar a la
concentración del poder sobre los medios.
Ese poder lo hubieran tenido sólo cinco personas, los
integrantes de un consejo de notables.
Como saltar de la sartén al fuego.
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