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Escalofriantes las escenas de los linchamientos ocurridos
anoche en Tláhuac, en uno de los tantos pueblos que hay en la periferia de la
ciudad de México.
Dos policías federales quemados vivos y uno apenas sobrevivió.
Ese es el saldo de otra brutal explosión de violencia en la capital de la
Republica.
Hubo desorganización policíaca, una patética incapacidad para
acudir oportunamente a auxiliar a los tres policías federales.
Anoche y esta mañana todas las autoridades dan
explicaciones por la tardanza de la ayuda. Todo mundo, Joaquín, se lava las
manos.
Es el México bronco, nos dicen. Esa es una excusa, una
coartada para la torpeza.
No sólo eran policías federales los agredidos. Eran
investigadores de la unidad de inteligencia de la policía federal preventiva.
Investigaban la venta de droga al menudeo en la zona.
Hubo instigadores, dicen las autoridades. Claro que los hubo.
¿Y quién les dice que los instigadores no fueron los narcotraficantes
investigados?
Si como dicen las autoridades buscarán a los instigadores
para castigarlos, el castigo tiene que ser ejemplar.
Pero no ocurrirá, Joaquín, todo se olvidará.
Y nos entretendrán con algún otro escándalo político o con
otro debate político.
Es el México real, pero olvidan que en el México real se
mezclan la impunidad, la barbarie y las mafias del narcomenudeo.
Una expresión de la descomposición social que tantos no
quieren ver.
Y a los ciudadanos de a pie solo nos queda horrorizarnos.
Horrorizarnos por linchamientos y porque estamos indefensos.
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