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Ya se celebraron las cuatro elecciones de gobernador que
faltaban.
Los resultados muestran que el PRI ganó dos ampliamente, en
Puebla y Tamaulipas, lleva ventaja en Sinaloa, y en Tlaxcala hay indicios de
que ganó el PAN.
Lo más destacado es que el PRD pierde una gubernatura y con
ello pierde una posición estratégica para las elecciones presidenciales.
De cualquier manera, Joaquín, a pesar de los gritos y
sombrerazos, las elecciones empiezan a ser cosa de rutina. Y gana aquel que
ganó la mayoría. Y cada vez casos como el de Puebla y Tamaulipas son la
excepción.
Si se revisan los resultados, si se revisan los nombres y
antecedentes de quienes participaron en las elecciones y de quienes las
ganaron, veremos que hay un reacomodo de fuerzas.
Allí está por ejemplo el triunfo de Rubén Mendoza Ayala en las
elecciones internas del Estado de México. Un ex priísta que se volvió panista
para ser diputado primero, y alcalde de Tlalnepantla después. Y como él hay
muchos. Las deserciones del PRI han beneficiado a otros partidos.
Y seguramente, Joaquín, veremos en 2005 más reacomodo, muchos
descontentos se irán a otros partidos.
Ese es el dilema para el PRI.
¿Cómo detener la sangría de cuadros preparados que se van a
fortalecer a otros partidos?
Más aún, ¿cómo evitar que la sangría de cuadros preparados se
convierta en hemorragia fatal cuando se tenga que escoger al candidato
presidencial?
Capaz que la hemorragia los debilita tanto que no alcancen a
llegar otra vez a Los Pinos.
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