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Ya habrá tiempo, Joaquín, de que los especialistas analicen
los eventuales efectos que para países como México tendrá el hecho de que en
las elecciones de Estados Unidos todo indique que triunfó la versión muy norteamericana
de conservadurismo.
El margen de triunfo para George Bush es algo así como 3 por
ciento del voto popular.
¿Y si el 2 de julio de 2006 gana un candidato presidencial con
un margen muy estrecho? ¿Qué pasaría? Sin duda tendríamos litigios
postelectorales.
Porque ya hemos convertido en costumbre que los resultados de
las elecciones, de todas las elecciones, sean cuestionados por los perdedores y
llevados ante los tribunales electorales para que éstos decidan.
Es sano, Joaquín, que existan mecanismos legales como el Tribunal
Federal Electoral para procesar los conflictos que resultan de las elecciones.
Pero los litigios electorales en los tribunales deberían ser el último recurso.
No es bueno que lo convirtamos en asunto de rutina.
Si los partidos en México convierten en rutina que los
tribunales resuelvan sobre los triunfos electorales, Joaquín, empezará a llegar
el momento en que los votantes se preguntarán si tiene sentido acudir a las
urnas. Tanto litigio postelectoral hará perder la fe en las elecciones.
Y algo más, si por litigios postelectorales el 3 de julio de
2006 no sabemos quien ganó las elecciones presidenciales, ¿cómo reaccionará el
país?
¿Aguantarían el país y sus instituciones una espera de varios
días o quizá semanas para saber quién ganó las elecciones presidenciales?
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