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Mañana, Joaquín, el mundo estará atento al resultado de las
elecciones presidenciales de Estados Unidos.
Mucho se ha dicho que en Europa, en Latinoamérica, en Asia, en
fin, que fuera de Estados Unidos el Presidente Bush es impopular.
Pues será, Joaquín, pero los que decidirán si lo reeligen o si
lo reemplazan por el demócrata John Kerry serán únicamente los norteamericanos.
Y, cuidado, los ciudadanos norteamericanos son muy celosos de
ese derecho a decidir.
Es muy curioso, Estados Unidos, una nación cuyos gobiernos
juzgan, califican y a veces hasta exigen vigilar las elecciones de otros
países, no toleran que los extranjeros les vengan a decir cómo deben ser sus
elecciones.
Y vaya que estas elecciones han necesitado de algo más que
buena voluntad.
Hoy, en víspera de la elección, Joaquín, culmina una de las
campañas electorales más sucias de que se tenga memoria en Estados Unidos. Y se
han reproducido los intentos de todas las formas imaginables de fraude
electoral.
No sólo es complejo su sistema electoral, Estados Unidos es
muy complejo, pero es también una nación más dividida que cuando la guerra de
Vietnam.
Una división que podría significar para Estados Unidos un
creciente debilitamiento, porque los grandes intereses han provocado divisiones
sociales y económicas muy graves, hasta un agravamiento de la desigualdad.
Pero a pesar de eso, Joaquín, su poderío es inmenso y seguirá
siéndolo por muchos años. Y sin importar quien ocupe la Casa Blanca, para
México vivir junto a Estados Unidos es como dormir con un elefante, si se da
vuelta, nos aplasta.
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