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Todavía no sé, Joaquín, si Andrés Manuel López Obrador optó
por el difícil, rudo y pesado camino de la negociación y el diálogo, o si cedió
a las presiones de los impacientes y a su tendencia a la confrontación en el
asunto de la reforma al 122 constitucional que descentraliza la educación en el
DF.
La verdad es que, si la aprueba la mayoría de los diputados,
apenas es el primer paso de una larga jornada legislativa, pues todavía tiene
que ser aprobada por las dos terceras partes de los senadores y además votada
por la mitad más uno de las legislaturas de los Estados.
El comportamiento violento, sin embargo, ya le resultó costoso
al PRD y quizá a la candidatura presidencial de López Obrador.
No les ayuda la imagen de rijoso que les crean las tribus.
López Obrador es un político astuto, Joaquín, no puede escapar
a su instinto político que la violencia lo aleja de Los Pinos.
Quizá sea tiempo de que el PRD sea el partido de izquierda
democrática y moderna que necesita México. Quizá, Joaquín.
Al menos ayer las organizaciones empresariales le enviaron un
mensaje:
Le dijeron que todavía los niveles de turbulencia política no
alejan a los inversionistas, pero que si persisten pueden alejarlos.
Y fueron más claros todavía: le dijeron a López Obrador que no
están contra un gobierno de izquierda, siempre y cuando fuera una izquierda
moderna, como por ejemplo la izquierda de Felipe González.
Si no lo entienden López Obrador y el PRD, Joaquín, si dejan
que prevalezca el primitivismo político de las tribus del partido, podrían
estar perdiendo desde ahora las elecciones presidenciales.
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