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La memoria, Joaquín, suele ser corta. Ya se nos olvidaron los
crímenes políticos de 1994.
Hace 10 años el ambiente político estaba tan crispado como
ahora.
Aquellos crímenes, Joaquín, son la mejor prueba de que la
violencia verbal no es inofensiva.
La violencia verbal alentada por los más diversos grupos
políticos, culminó aquel 23 de marzo de 1994, cuando en Lomas Taurinas fue
asesinado Luis Donaldo Colosio.
Los mexicanos, como rechazo a la violencia, se volcaron en las
urnas en las elecciones presidenciales y le dieron al priísta Ernesto Zedillo
la votación más alta que haya tenido candidato presidencial alguno.
Mas a las pocas semanas, el 28 de septiembre de 1994, hoy hace
10 años, asesinaron al licenciado José Francisco Ruiz Massieu a la salida de un
acto en la sede de la CNOP en la calle de Lafragua.
Con su desaparición México perdió a uno de sus talentos
políticos más lúcidos.
Ruiz Massieu, Joaquín, estudioso de las transiciones europeas,
incluyendo por supuesto la española, tenía muy claro que la democracia era una
tendencia irreversible en México. Así lo había comentado con el presidente
electo Ernesto Zedillo.
Queda la constancia de sus agudos e inteligentes ensayos
políticos, para entender que la política para Ruiz Massieu era el instrumento
por el cual podían atacarse los ancestrales problemas de México.
La crispación social y política de 2004 pareció ser avizorada
por José Francisco Ruiz Massieu.
En una entrevista periodística hizo la definición de la
obligación primordial de los políticos:
“...Los políticos podremos enojarnos, podremos pelearnos,
pero al final del día tenemos la
obligación de ponernos de acuerdo”.
Qué actual, Joaquín, qué actual.
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