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A principios de esta semana, Joaquín, comentábamos sobre las
lecciones que hay en las elecciones de gobernador de Veracruz para los
políticos de todos los partidos.
Sin embargo, Joaquín, independientemente de que el PRI y el
PAN resuelvan sus diferencias electorales, o de que López Obrador consiga votos
más allá de las estrechas fronteras del PRD, hay algo en las elecciones de
Veracruz que ha llamado la atención.
La votación fue muy pareja, puntos más puntos menos, los
electores dividieron los votos entre los tres principales partidos
contendientes. Es la pluralidad, nos dicen.
La pluralidad podrá ser muy democrática, Joaquín, pero hay que
tomar en cuenta la reacción de los ciudadanos.
Imaginemos solamente, Joaquín, la situación un día después de
las elecciones presidenciales de 2006.
Imaginemos ese 3 de julio de 2006, Joaquín, imaginemos que el
país amanece sin saber todavía quién ganó las elecciones, sin saber quién será
el Presidente de la República.
Imaginemos que pasan los días y el IFE nos dice que la
elección está muy cerrada, que está tan cerrada que ni las encuestas de salida,
ni los conteos rápidos ni el programa de resultados preliminares permiten
determinar quién ganó la Presidencia de la República.
Será la plena pluralidad, nos dirán los especialistas. Pues
quizá, pero, Joaquín, ¿cuántas acusaciones de fraude escucharíamos? ¿cuántas
movilizaciones habría? ¿cuántas amenazas de violencia?
En suma, Joaquín, ¿aguantaría el país la incertidumbre de no
saber durante varios días ni siquiera quién ganó la Presidencia de la
República?
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