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Ayer, Joaquín, leí un cable que viene de Europa, en el que se
informa que el Parlamento de Bélgica analiza una propuesta para legalizar la
eutanasia infantil. Se aduce que los más pequeños pueden sentir el mismo dolor
que los mayores y que es intolerable que no se permita acabar con ese
sufrimiento.
Un tema delicado, ciertamente. Un tema que, para ser sinceros,
Joaquín, desafía todo lo que creo.
Y no se me ocurrió otra cosa que retomar una historia, una
historia real, que ilustra cómo las decisiones de vida o muerte no pueden ser
tomadas a la ligera, ni siquiera por el Estado.
Hace tiempo, un médico, profesor en la Universidad de Navarra,
habló a sus alumnos de la facultad de medicina, sobre la necesidad de aceptar
la necesidad de una muerte digna, más que digna, liberadora en algunos casos.
Miren, les dijo, mi paciente no es capaz de valerse por sí
mismo, no puede hablar, ni entiende nada de lo que le dices, sufre depresiones,
accesos incontrolables de llanto. No controla su aparato urinario y defeca
sobre sí mismo, por lo que hay que cambiarle continuamente de ropa. Su
digestión es problemática y con frecuencia lo que come termina en vómito.
¿Esto es vida? Les preguntó a los alumnos. Todos coincidieron
que lo humano era librar a ese paciente del horror de la vida que lleva.
Pero luego, Joaquín, les mostró la foto del paciente, un bebé
de seis meses.
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