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Las elecciones de gobernador de Veracruz, Joaquín, parecen
haber sentado un precedente.
Fue como un laboratorio de pruebas, como un ensayo general de
cómo podrían ser las elecciones presidenciales de 2006.
A los panistas, sin duda, les permitió comprobar que cuando se
tiene la Presidencia de la República se puede influir en las elecciones
estatales, claro que se puede. Mas también les demostró que les va mejor cuando
no van en alianzas, cuando van solos.
A los perredistas, Joaquín, sin duda les habrá enseñado que
hay mucho terreno por recorrer, pues si bien la alianza con convergencia
consiguió un excelente tercer lugar, también es cierto que, al menos en
Veracruz, los triunfos de esa alianza fueron de Dante Delgado, no del PRD.
Los priístas, Joaquín, ya vieron lo que les puede pasar cuando
no se unifican. No hay que olvidar que la candidatura de Fidel Herrera no
contaba con la simpatía del gobernador Miguel Alemán, en fin, que hubo muchos
pleitos. Sin unidad, que se olviden.
Todos los políticos y todos los partidos, Joaquín, tienen que
aprender a perder. El problema actual no es que las elecciones no sean
razonablemente limpias, sino que todos los políticos, de todos los partidos,
tienen que aprender a perder, a respetar el voto de los ciudadanos.
El filósofo inglés Bertrand Russell decía eso Joaquín, que
para que un pueblo pueda vivir en la democracia, primero tiene que aprender a
perder.
Eso, Joaquín, es lo más difícil.
Todavía a los políticos y a los partidos les da por aquello de
que cuando Jalisco pierde, arrebata.
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