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A veces el laicismo tampoco se nos da, Joaquín. Dos ejemplos.
Al Presidente Fox le ha dado últimamente por terminar sus
discursos en algunos eventos oficiales con un “Dios los bendiga”.
No debería ser, Joaquín, porque si tiene derecho a su presunta
religiosidad, a veces parece que se trata de una imitación de la forma en que
suelen terminar sus discursos los mandatarios de Estados Unidos.
Aquí el tema es muy sensible, por lo alguien debería
recordarle que es el Jefe del Estado Mexicano, un Estado donde se supone que el
laicismo es la norma para todos.
El otro ejemplo, Joaquín, lo dan los diputados priístas
encabezados por Emilio Chuayffet. Andan
alborotados con la idea de que el Dalai Lama tiene que hablar en una sesión de
la Cámara de Diputados.
En este caso el problema es doble, Joaquín. Si el Dalai Lama
habla en la tribuna de San Lázaro como jefe de Estado, pues para empezar sería
un jefe de Estado en el exilio. ¿Acaso la Cámara de Diputados le estaría dando
el reconocimiento como jefe del estado del Tibet? La Constitución no les da
facultad a los diputados para reconocer o desconocer gobiernos.
Si ocupa la tribuna de San Lázaro como líder religioso,
Joaquín, ¿por qué no podrán reclamar los líderes, los representantes de otras
religiones el mismo privilegio?
¿Cuál es el argumento para llevar a la tribuna de la Cámara de
Diputados al representante de una religión y negarle esa misma tribuna a los
representantes de otras religiones que hay en México?
En este último caso, Joaquín, queda probado que el
fundamentalismo laico, el fundamentalismo liberal de los diputados priístas es
sólo una fachada, que los diputados de Emilio Chuayffet practican un laicismo
de pacotilla.
Lo dicho, Joaquín, el laicismo no se les da ni a los
liberales.
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