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Ayer, en el diario crónica se publicó un cartón en el que
aparecía Ana Guevara lista para arrancar en la pista. Sobre sus espaldas estaba
una réplica de la República Mexicana.
Eso, se dijo ayer una y otra vez, Joaquín, fue terriblemente
injusto, pero tampoco es algo nuevo.
No debiera sorprendernos que Ana Guevara haya tenido que
llevar la carga de aliviar el desencanto que nos ha producido el fracaso en
Atenas de los atletas varones.
La fortaleza de carácter de Ana Guevara, Joaquín, es la misma
fortaleza de carácter de tantas mexicanas que en la vida cotidiana llevan sobre
sus espaldas la responsabilidad de ser madres y ser cabeza de familia.
Cuántas mujeres se han quedado solas, por viudez, por
abandono, por lo que sea, y han dedicado sus vidas a los hijos y a las hijas.
Cuantas solteras luchan para abrirse paso y se topan a diario con mil
obstáculos.
Porque, pese a lo que digamos, Joaquín, el avanzar en una
carrera, en una profesión, en cualquier empleo, exige de la mujer más esfuerzo,
doble esfuerzo. En el México real, Joaquín, a la mujer todo le es más difícil.
En el México real se les discrimina todavía. Y, pese a eso,
Joaquín, siguen adelante, vienen marchando, como dicen.
Y como para refrendar lo dicho. Esta mañana se ganó otra
medalla de plata. La ganó, por supuesto, otra mujer, Belem Guerrero.
Para que luego, Joaquín, haya quienes todavía crean ese cuento
de que los hombres somos el sexo fuerte.
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