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Ayer, Joaquín, se cumplieron 30 años de que Richard Nixon dejó
la Presidencia de Estados Unidos, derrotado y aplastado por el escándalo del
Watergate.
El Watergate, Joaquín, se ha convertido en el paradigma para
muchos periodistas, ávidos de escribir un reportaje así, un reportaje que
derribe a un gobierno.
Hay muchas lecciones en el escándalo del Watergate, Joaquín.
Una es que la prensa no puede callar los abusos de los hombres del poder, del
poder económico o del poder político.
Demostró como el abuso del poder puede amenazar la integridad
de una nación. Watergate amenazó la integridad política de Estados Unidos, una
nación que en 1974 estaba dividida generacionalmente por el escándalo y por la
desastrosa aventura en Vietnam.
Tan dividida, Joaquín, que el periodista Paul Johnson en su
libro “Tiempos Modernos”, califica a esa etapa de la historia norteamericana
como los años en que Estados Unidos “quiso suicidarse”.
También ofrece el caso Watergate, Joaquín, un ejemplo de
coraje político. Gerald Ford, el sustituto de Nixon, entendió que había que
dejar atrás los asuntos que habían dividido a la Nación. Había que dejar atrás
a Watergate, a Nixon, a Vietnam. Decretó para Nixon un perdón presidencial.
Esa decisión le costó la reelección, y le costó la presidencia
a su partido, el partido republicano. Pero fue el principio de una
reconciliación nacional.
La otra lección muy importante, Joaquín, es que cuando Nixon
nombró al fiscal especial que investigó el escándalo Watergate, le pidió que
investigara a fondo, que lo importante era salvar la Presidencia de Estados
Unidos, aunque hubiera que salvarla del Presidente.
¡Qué lección, Joaquín, qué lección!
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