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Pienso que es un buen momento para hacer una pausa en el
frenesí de la política, Joaquín, para ocuparnos de asuntos que posiblemente
debieran merecer más nuestra atención.
Han transcurrido siete meses completos de este 2004 y en ese
lapso aquí en la ciudad de México han sido asesinados casi 50 ancianos y
ancianas.
Todos ellos han sido asesinados en sus hogares, casi siempre
para robarles, casi todos han muerto estrangulados o a golpes.
Casi cincuenta personas asesinadas en sus hogares, Joaquín, un
promedio de siete cada mes.
Han sido detenidos apenas uno o dos responsables de algunos de
esos crímenes. El gobierno de la ciudad de México nos asegura que no hay motivo
ninguno para pensar que se trata de un asesino serial. Eso no es ningún
consuelo, Joaquín, para los miles de ancianos y ancianos que viven solos.
Viven solos, Joaquín, porque la modernidad ha traído un cambio
en la integración familiar. Muchos de ellos débiles y enfermos.
Mas el asunto, a pesar de su gravedad, Joaquín, no ha merecido la atención que
merece.
Una raya más al tigre, nos dirán los que se resignan a que la
inseguridad nos siga aislando cada día más.
Quizá tengan razón, es
apenas una faceta de la inseguridad de la ciudad de México, mas habría que
preguntarse qué se necesita para que el asunto merezca la atención de las
organizaciones de la sociedad civil.
¿Cuál es la diferencia entre el asesinato de casi 50 ancianos
sólo en este año y los crímenes contra mujeres que tanto han conmovido?
Ninguna, Joaquín, pero el caso es que nadie protesta por estos
asesinatos.
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