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La atención de los medios se concentró ayer en las elecciones
de gobernador de Oaxaca.
Por lo pronto, Joaquín, no hubo violencia el día de la
elección. De los partidos depende que no haya violencia después de que se
proclame un ganador.
Hasta este mediodía la ventaja la tenía el priísta Ulises
Ruiz. Gabino Cué, candidato de la coalición PAN-PRD-Convergencia, alega
irregularidades. Qué lo haga, Joaquín, pero que nadie promueva la violencia.
Que las autoridades electorales decidan.
Porque hay riesgos,
Joaquín, pues en las elecciones de Oaxaca metió la mano casi toda la élite
política. Estuvieron metidos, además de los políticos locales, los exgobernadores
Diódoro Carrasco, Heladio Ramírez y Jesús Martínez Álvarez, el gobierno del
Presidente Fox, los prófugos del Grupo San Angel, ahora convertido en Grupo
Enlace, los intelectuales partidarios del voto útil que ahora buscan un
candidato, y, por supuesto, la profesora Elba Esther Gordillo. Y quién sabe
cuántos de los gobernadores priístas que le disputan a Madrazo la candidatura
presidencial.
Tantos que convirtieron aquello en un festín de traiciones, de
deslealtades y mezquindades. Una
batalla, Joaquín, tan enredada, como el quesillo oaxaqueño.
Por eso hay que exigir que todos se atengan al fallo de las
autoridades electorales, de las autoridades electorales locales y de las
autoridades electorales federales. Estas autoridades electorales tienen la gran
oportunidad de devolverle la confianza a tantos ciudadanos que ayer, otra vez,
no acudieron a votar.
Porque si aún es tolerable que tengamos una democracia sin
demócratas, Joaquín, lo único que no podemos tener es una democracia sin votantes.
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