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Esta es una historia real, Enrique, no de política ficción.
En la noche de la elección, cuando los primeros resultados
muestran que quien busca la reelección está en problemas, de pronto se detiene
el conteo de votos. Los representantes del candidato opositor ven a empleados
de la compañía que proporcionó las máquinas para la votación electrónica, uno
de ellos un funcionario del gobierno saliente, tecleando instrucciones en una
de las computadoras con acceso a los programas de conteo de votos.
Cuando se reanuda el conteo de votos, de pronto el candidato
que busca la reelección tiene ventaja. El candidato opositor pide una
investigación. Pero no hay boletas para el recuento y los funcionarios
electorales, aliados del candidato que quiere reelegirse, se niegan a hacer
pública la información que podría revelar si se manipularon los archivos
electrónicos de la votación.
Insisto, Enrique, esto no es una historia de política ficción.
Es un reportaje de un diario británico sobre las recientes elecciones en
Riverside, California.
Es apenas un ejemplo de que ni la votación electrónica es
inmune a la manipulación.
Eso demuestra, Enrique, que las elecciones estadounidenses,
con toda su finísima tecnología no son ajenas a los fraudes.
Caray, Enrique, ¡qué atrasados estamos! Aquí todavía nos
preocupamos por el acarreo de votantes, por los tamales de boletas, y allá, en
Estados Unidos basta con oprimir unas cuantas teclas para que los mapaches
electrónicos alteren los resultados de una elección.
Al menos aquí ya es muy difícil que alguien gane con trampas,
porque se pueden probar los fraudes electorales.
Allá, ni eso.
Para que luego vengan a presumir de honestidad electoral en su
país los corresponsales de los periódicos de Estados Unidos.
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