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Hace unos días, Joaquín, te decía Juan de Dios Castro, el
presidente de la mesa directiva de la Cámara de Diputados, que en este México
del cambio el Presidente de la República ya no es el fiel de la balanza.
¿No será, Joaquín, que ese es el problema?
¡Qué bueno que el Presidente de la República ya no sea el fiel
de la balanza para designar a su sucesor!
Pero el Presidente de la República tiene que ser el fiel de la
balanza que equilibre los conflictos y pleitos entre las fuerzas políticas.
Tiene que ser el árbitro que concilie y reconcilie.
Pero también, Joaquín, esas fuerzas políticas tienen que estar
dispuestas a reconciliarse.
Tristemente, parece que todas las fuerzas políticas tienen
poca voluntad de reconciliarse.
Y lo peor, poca voluntad para hacerle caso al árbitro.
Aquí en tu espacio, Joaquín, he señalado los que a mi juicio
han sido errores cometidos por el Presidente Fox.
Pero, Joaquín, en tanto se consolidan las instituciones
democráticas y prevalece el Estado de Derecho, será imposible prescindir del
árbitro.
Porque al parecer la democracia se nos ha indigestado. Todas
las fuerzas políticas y económicas parecen haber enloquecido con las
libertades.
Creo que el Presidente tiene que enderezar su estilo personal
de gobernar.
Pero también las fuerzas políticas y económicas tienen que
cambiar de actitud.
¡Pobre Presidente Fox, Joaquín!
Ya comprobó el verdadero sentido de aquella frase pronunciada
por don Porfirio Díaz desde el exilio en Paris. Dijo don Porfirio:
Es más difícil gobernar a los mexicanos que arrear guajolotes
a caballo.
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