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Ayer fue
asesinado el periodista Francisco Ortiz Franco.
Otra vez,
Joaquín, se nos demuestra que tampoco nosotros somos invulnerables.
Ortiz
Franco era el brazo derecho de Jesús Blancornelas, director del semanario Zeta
de Tijuana.
La revista
ha sido factor fundamental para conocer los entretelones de las mafias del
narcotráfico, pero también de sus vinculaciones con las policías.
Hace tres
años, recordaba hoy Raúl Trejo Delabre, Ortiz Franco declaró a la revista
británica The Economist que cuando menos el 20 por ciento de los policías de
Tijuana estaba a sueldo de las mafias del narcotráfico.
Jesús
Blancornelas y todos los colaboradores han tenido el coraje de enfrentar el
cáncer del narcotráfico, cáncer que corroe muchas de las estructuras políticas,
sociales y económicas de la República.
El mismo
Blancornelas fue víctima de una atentado hace seis años, atentado en el que
murió su guardaespaldas.
Insisto,
Joaquín, este crimen muestra la vulnerabilidad del periodismo. Muestra que
muchas cosas no han cambiado, al menos no lo suficiente.
Hace ya
casi 18 años que fue asesinado el periodista Manuel Buendía.
A su
funeral asistieron todos los periodistas de la ciudad de México. Nos unió el
miedo, comentó entonces una periodista.
Ahora,
Joaquín, nos debe unir no sólo el miedo, nos debe unir también la indignación.
Y la exigencia de justicia.
Porque si
no se hace justicia, Joaquín, algunos pueden pensar que ya se abrió la
temporada de caza de periodistas.
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