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Ayer, al
escuchar la noticia de los dos hermanos que fueron secuestrados y asesinados
por sus captores, Joaquín, como padre de familia se me heló la sangre y como
ciudadano me sentí invadido por una gran impotencia.
Recordé lo
escrito por un viejo periodista norteamericano, Teodoro White, cuando contaba
sus experiencias después de recorrer la China de hace sesenta años. En esos
años se disputaban el control de China los comunistas de Mao Ze Dung y los
soldados del general Chiang Kai Chek, el favorito de Estados Unidos.
En su
recorrido por China, White vio el desorden que reinaba. La población estaba
indefensa ante el pillaje, el saqueo, los secuestros y los asesinatos cometidos
por las bandas que comandaban jefecillos locales.
Y cuenta
White que al ingresar a la región de China Occidental donde estaban
arrinconados los comunistas, le sorprendió el orden y la tranquilidad
reinantes.
No había
pillaje, no había saqueos, ni secuestros ni asesinatos.
Y decía
White que entonces supo que los comunistas ganarían la guerra por controlar
China, porque estaban cumpliendo con la primera obligación de un Estado: la
obligación de garantizarle a los gobernados la seguridad en sus vidas y en sus
bienes.
Y,
Joaquín, nada más cierto, esa es la primera obligación de un Estado,
garantizarle a su población la seguridad en sus vidas y en sus bienes.
Y, si
somos francos, Joaquín, en México ningún gobierno, ni los locales, ni los
estatales, ni el Federal, están cumpliendo bien a bien con esa obligación.
Casos como
el de ayer, Joaquín, nos muestran lo indefensos que estamos ante los
criminales.
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