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En 1996,
se aprovecharon políticamente los pecadillos de William Clinton y con el
nombramiento de un fiscal especial para investigarlo se puso en marcha un procedimiento
para buscar la destitución del entonces Presidente de Estados Unidos.
Se trataba
de minar políticamente a Clinton, de evitar su reelección, pero cuando se pone
en marcha la maquinaria legal, a veces, es difícil detenerla.
De pronto
se encontró el Congreso norteamericano que tenían en sus manos la posibilidad
de destituir a Clinton. Pero lo pensaron, Joaquín, porque la destitución podía
provocar una peligrosa inestabilidad en Estados Unidos.
El
Congreso norteamericano se amedrentó y dio marcha atrás. No destituyeron a
Clinton.
Toda
proporción guardada, Joaquín, al solicitar el desafuero de Andrés Manuel López
Obrador se ha puesto en marcha el mecanismo de la justicia, con todas las
consecuencias políticas que eso puede significar.
En
política, Joaquín, lo que parece es, y la solicitud de desafuero parece tener
como objetivo inhabilitar a López Obrador para que sea candidato a la
Presidencia.
El diálogo
político será imposible, al menos será imposible con el PRD. Los perredistas,
Joaquín, sin duda aprovecharán la ocasión para convertir a López Obrador en un
mártir de su proyecto. Y eso, Joaquín, podría fortalecerlo, en lugar de
debilitarlo.
Ya
veremos, Joaquín, si como en el caso de Clinton, el Congreso decide a última
hora que el caso de El Encino no vale
una desestabilización política.
O si
procede al desafuero y abre la posibilidad de que la elección presidencial de
2006 no sea una elección ordenada y pacífica.
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