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No importa la opinión que se tenga sobre
la presunta corrupción del ex secretario de finanzas del Distrito Federal.
Ya no importa, Joaquín, al final de cuentas,
si son ciertas o no las teorías del complot que ha manejado Andrés Manuel López
Obrador desde que estallaron los escándalos del videogate, porque su teoría del
complot ha tenido varias versiones.
Lo importante, Joaquín, son las dimensiones ha que ha llegado el tema
del videogate.
López Obrador ya llevó su campaña para
defenderse a una confrontación directa con la Presidencia de la República.
Que no nos hable de un supuesto respeto a
la institución presidencial. Saben López Obrador y sus colaboradores que el
Poder Ejecutivo lo deposita la Constitución en una sola persona, en la persona
del Presidente de la República.
Y su pleito es con el Ejecutivo Federal.
Quizá, como sugiere hoy Federico Arreola,
el Presidente Fox debió recibir a López Obrador y escucharlo.
Es posible, pero también es posible que
no hubiera servido de nada la entrevista.
Dice López Obrador que es víctima de una
maniobra política. Por favor, Joaquín. Lo que hizo ayer también es una maniobra
política de parte suya.
López Obrador no es ingenuo, menos inocente. Su maniobra de ayer
llevó al Ejecutivo y a sus adversarios al terreno en el que López Obrador es un
experto: al terreno de la confrontación.
Por eso hoy está contento. Ya lleva la
ventaja. Ni siquiera le castigarán por violar la ley. En la confrontación
siempre ha asumido el rol de víctima. El mismo rol de víctima que asumía cuando
tomaba pozos petroleros y hacía plantones en el Zócalo.
Malo, Joaquín, porque si ahora que
gobierna la capital de la República, actúa como si todavía fuera todavía
tomador de pozos y organizador de plantones, ¿cómo actuará si llega a ser
Presidente de México?
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