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Si no fuera porque su espectáculo en
video fue un ejercicio del más descarado cinismo, René Bejarano daría pena.
Pena, porque ha mentido tanto en los
últimos 41 días, Joaquín, que es muy posible que ya ni él recuerde todas las
versiones que ha dado a los reporteros sobre su comportamiento en sus
reuniones, digamos, rentables, con Carlos Ahumada.
Da pena, porque poco a poco empieza a
darse cuenta que contra lo que pensaba, si pagará por la indiscreción de haber
recibido dinero de un empresario y no haberle rendido cuentas a su partido por
esos recursos.
Porque lanza acusaciones a diestra y
siniestra, pero no ha rendido cuentas del dinero que recibió. No ha podido
probar que no se lo embolsó.
Está desesperado, porque siempre creyó
que gozaba de impunidad.
Se creyó un político importante, porque
así se lo hicieron creer los que lo elevaron desde las cañerías de la política
para controlar y manejar la estructura corporativa que hizo fuerte al PRD en el
DF.
Pero lo elevaron más allá de lo que
siempre ha sido y de lo que es.
Se mareó de importancia, porque
equivocadamente lo creyeron un líder, no un dirigente más, como hay tantos, en
el amasijo de organizaciones presuntamente sociales que constituyen los poderes
informales en esta ciudad de México.
En todas las estructuras políticas
existen estos personajes. Mas nunca se les da más poder del que han probado ser
capaces de manejar sin descontrolarse.
En lo que llaman el antiguo régimen
siempre existieron estos personajes menores. Siempre fueron actores de reparto,
a veces solamente extras en el teatro de la política.
Y no se les daba más poder porque siempre
se sabía que gente así es incapaz de controlar su propia codicia y siempre se
creen más importantes de lo que son.
A ver si el caso Bejarano sirva de lección,
no sólo al PRD, sino para todos los partidos políticos.
Una cosa es ser un vivo, o un vivales, y
otra muy distinta es ser un político.
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